Consumo sostenible, segunda parte

En la línea del anterior post (Tres patas para un banco: desarrollo sostenible, consumo y crisis) merece la pena recordar que, durante los últimos 50 años, las clases altas y medias de la población mundial han duplicado sus niveles de consumo. Y todo ello, evidentemente, con graves consecuencias para los ecosistemas del planeta y sus habitantes. De hecho, en menos de una generación la población mundial ha crecido de 2.000 a 9.000 millones de personas. De éstos, los habitantes de los países ricos utilizan dieciséis toneladas de recursos naturales al año, los ciudadanos de la India, cuatro (per cápita) y está previsto que en 2050, si sigue la proporción, la humanidad consuma 140.000 toneladas anuales de minerales, combustibles fósiles y biomasa, según revela un informe del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).

Con datos así no es de extrañar que sean una auténtica necesidad el priorizar sólo las necesidades básicas y perseguir una prosperidad que no niegue a los demás, en un futuro, la posibilidad de disfrutar las mismas cosas que nosotros. Como señala el libro “La situación del mundo 2012: Hacia una prosperidad sostenible”, debemos actuar rápidamente para redefinir nuestros hábitos de consumo y no sólo para prevenir una mayor degradación de los esosistemas existentes, sino para intentar recuperar los ya dañados.

¿Cómo conseguirlo? El PNUMA ya propuso congelar el consumo per cápita en los países ricos y fomentar el consumo sostenible en los que están en desarrollo pero la verdad es que, a pesar de las normas, sólo los consumidores (o sea, cada uno de nosotros) tienen o tenemos la capacidad de decidir qué comprar y cómo. Partiendo de esta premisa de compromiso personal, ahí van unas cuantas propuestas que pueden ayudar a que entre particulares, empresas privadas, organismos oficiales y gobiernos, los patrones de producción y consumo varíen su rumbo:

1.-Educar a los jóvenes, tanto en los colegios como en el ámbito familiar, en la importancia de lo esencial. De lo que de verdad necesitan. Veinte regalos por Navidad o su cupleaños no harán que sean niños más felices.

2.-Exigir a las empresas que sean transparentes con el impacto social y medioambiental de sus productos. Y a los gobiernos para que, tanto con leyes como con organismos de supervisión, obliguen a su cumplimiento. Es importante que las etiquetas incluyan esta información para que el cliente tenga conocimiento de dicho impacto antes de decidir comprar.

3.- Estudiar revisiones de tarifas de ciertos bienes como el agua o la electricidad cuyo consumo descuidamos. Aunque podamos pagarlos y tengamos un acceso fácil a ello, no siempre somos conscientes de las consecuencias de un consumo abusivo (emisiones de carbono, déficits tarifarios por parte del Estado -que pagamos todos-,…). Que pague más el que más consuma, y con tarifas más altas de las existentes. Tanto particulares como empresas.

4.-Demandar políticas públicas que persigan la obligación del ciclo de vida de los productos. Gobiernos (nacional y europeo) y empresas comprometidos en la fabricación de productos sin obsolescencia programada. Antes las lavadoras duraban 15 años. ¿Por qué no exigir que ahora también sea así?

5.-Fomentar la cultura del “reutilizar”, “arreglar” y “reciclar” los productos. Lo que se rompe no siempre es inservible. Se puede arreglar, regalar, prestar,…hay mil usos antes de “tirar y comprar de nuevo.”

6.-Demandar un desarrollo urbano sostenible. El tan recurrido “chalé adosado”, importado del modo de vida americano de los años 50 ha supuesto un incremento considerable de coches, de consumo energético (a más metros, más gasto) y de aumento de los índices de contaminación, entre otras cosas. La tendencia en numerosas ciudades del mundo es, desde hace ya unos años, revertir este modelo pero aunque empieza a ser una prioridad en las agendas políticas de varios países, en España no es así.

7.-Adoptar compromisos personales de ahorro de energía (aislamiento de viviendas, instalación de termostatos para controlar el gasto, paneles solares,…). La Unión Europea ha calculado un ahorro de hasta mil euros de media por familia, al año, si se adoptan algunas de estas medidas.

8.-Uso de transportes alternativos. Desmitificar la dependencia del coche. Ya hay 800 millones de vehículos en el mundo que, en el caso de los países en desarrollo, generan el 80% de los contaminantes atmosféricos. El hecho habitual de dos coches por familia da una media de dos personas por coche (casi ninguna familia tiene hoy en día más de dos hijos).  El tranporte público, la bicicleta o ir andando, a veces es posible.

9.-Demandar a los medios de comunicación y las agencias de publicidad más responsabilidad ante la transmisión de ciertos mensajes engañosos  tipo  “el consumo genera prosperidad”. El bienestar, hasta hace poco, ha estado ligado a otros conceptos como disponer de buena  salud o tener unas condiciones  dignas de vida.

El décimo punto queda a la elección del lector. Quizá podría ser “ponerse una fecha de inicio para empezar a actuar”…