La Primavera (Árabe) más fría

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Un 25 de febrero como hoy, de 2011, cien mil personas salieron a la calle en la ciudad de Túnez en protesta por la actitud del gobierno enfrentándose a la policía. Comenzó así la primera de una serie de revueltas sociales, en diferentes países del Norte de África y Oriente Medio, que darían lugar a la llamada Primavera Árabe. Tras Túnez, vinieron alzamientos populares en Argelia, Líbano, Jordania, Mauritania, Sudán, Omán, Arabia Saudí, Egipto, Siria, Yemen, Yibuti, Irak, Somalia, Libia, Kuwait e incluso Marruecos. Algunos de estos movimientos fueron menores (protestas, manifestaciones, ataques a oficinas gubernamentales, etc.) pero otros han provocado, incluso, derrocamientos de regímenes dictatoriales que detentanban el poder desde hacía décadas.

Las demandas de los manifestantes se centraban en la petición de mejoras en las condiciones de vida, libertades democráticas y cambios politicos, económicos y sociales. Pero en este caso, a diferencia de los anteriores, las revueltas no estuvieron protagonizadas por golpes de estado militares que luego dieron paso a gobiernos autoritarios, como había sido habitual, sino por una movilización social que demandaba una transición democrática para conseguir sus propósitos. Por ello, estas revueltas han sido elevadas a la categoría de revoluciones y serán reconocidas como la primera gran oleada de protestas laicas y democráticas en el mundo árabe del siglo XXI.

Sin embargo, tras dos años de movilización social, la situación de esperanza y admiración que despertó este movimiento ha dado paso a una tremenda inestabilidad política, social y económica en la mayoría de estos países. La tensión política se ha disparado en los últimos meses y la paz social se ha roto sobre todo en Túnez, Egipto y Siria. Los políticos no se ponen de acuerdo a la hora de ofrecer constituciones que representen a la mayoría de la sociedad; los radicales islamistas, que actúan desde el poder o con la connivencia del mismo, aplican políticas que discriminan a la mujer y a una parte importante de los que no piensan como ellos (artistas, profesores,…); y el ejército cuenta con demasiado poder todavía como para que el cambio sea real. Todo esto, a su vez, ha provocado que el capital extranjero salga huyendo, que el turismo se esté viendo afectado y que el PIB de los países afectados disminuya. Y si la economía no funciona, las mejoras se retrasan y el estallido social acaba siendo inevitable.

Con esta situación las cuestión es: ¿será capaz la sociedad civil árabe islámica de encontrar el camino para sentar las bases de una democracia moderna? De momento, las tensiones, los enfrentamientos y los radicalismos eclipsan el sol de esta primavera que está en transición. Las demandas de la sociedad, reflejadas en el lema de los opositores al presidente egipcio, Mohamed Mursi, claman por “pan, libertad, justicia social y dignidad humana”, pero también Shlomo Ben Ami, ex ministro de Exteriores de Israel ha destacado que “la Primavera Árabe es una lucha por la dignidad”. No desestimemos este elemento de las reivindicaciones, que fue el motor de revoluciones anteriores (1830, 1848 y las de Europa del Este, a partir de la caída del muro de Berlín en 1989), no precisamente fallidas.

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