Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión: ¿más pobreza o creación de la mayor zona de prosperidad económica mundial?

foto ACTIEl ATCI (Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión) es un convenio que se está negociando entre la Unión Europea y Estados Unidos con el fin de crear la mayor zona de libre comercio del planeta. Ello supondrá un mercado único de millones de consumidores, un tercio del comercio total de bienes y servicios y casi la mitad del Producto Interior Bruto (PIB) mundial. Pero sobre todo, perseguirá equilibrar la pujanza económica china y liderar, de nuevo, la Organización Mundial del Comercio por parte de Occidente.

Además de intentar evitar que China llegue a ser primera potencia económica mundial, la firma de este tratado supondrá aumentar la distancia, hasta ahora decreciente, con los BRICS (Brasil, Rusia, India y Sudáfrica) y fijar los estándares industriales, técnicos y comerciales para convertirlos en referencia mundial porque, en palabras de Karl de Gutch, comisario de Comercio de la UE: “Conseguir fijar normas que se conviertan en estándares globales sería lo más importante para nuestras industrias”.

¿Y por qué esta homogeneización de estándares y normas para comercializar bienes y servicios sería tan importante? Según el periodista Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatic en Español, porque con ello conseguirían la neoliberalización de todo lo que tuviera que ver con el comercio transatlántico a través de la eliminación total de los aranceles para bienes industriales y agrícolas, de la apertura del sector servicios tanto como fuera posible (incluyendo el sector transportes y otros implicados) y de la liberalización total de las inversiones financieras y de la protección de inversiones.

Según la CEOE (Confederación Española de Organizaciones Empresariales), los objetivos del acuerdo son promover el crecimiento y la creación de empleo; reducir las barreras comerciales, principalmente para las PYME; evitar la sobrerregulación y fomentar el desarrollo sostenible, todo ello sin debilitar los estándares actuales de regulación sobre la protección de los consumidores, del medio ambiente, de la salud o la seguridad a ambos lados del Atlántico.

Organizaciones no gubernamentales como Corporate Europe Observatory denuncian sin embargo la falta de transparencia y la poca información que han rodeado las negociaciones hasta este momento. También se muestran especialmente preocupados por una posible disminución de exigencias a la industria alimentaria y sanitaria, o las consecuencias que pudiera tener en materia de educación y conocimiento científico (la desregularización abarcaría los derechos intelectuales) y medioambiental. En resumen, los detractores de la firma del ACTI creen que puede suponer un perjuicio importante para la soberanía de los estados y las políticas públicas en favor de los ciudadanos.

Las negociaciones del Acuerdo Transatlántico sobre Comercio e Inversión entre la Unión Europea y los Estados Unidos comenzaron en Julio de 2013 –aunque las primeras conversaciones al respecto se remontan a 2007- y hasta la fecha han tenido lugar cuatro rondas de negociaciones, la última en marzo de este año en Bruselas. Un reciente comunicado por parte de Karl de Gutch  anunciaba su decisión de consultar a los ciudadanos europeos “sobre las disposiciones relativas del futuro acuerdo comercial (….) como consecuencia del interés sin precedentes que han despertado dichas negociaciones”. Con ello se quiere garantizar el equilibrio entre la protección de los intereses de las inversiones europeas y la defensa del derecho de los gobiernos a regular en bien del interés público.

Pero dicho interés no ha calado sólo entre los ciudadanos. La presentación del comienzo de las negociaciones, en 2013, para llegar a un acuerdo comercial transatlántico fue oficiada por el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama; el presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, y el presidente de la Comisión Europea, Jose Manuel Barroso, lo que da muestra de la importancia que ambas partes otorgan al tratado. La cuestón radica en si los estados miembros de la Unión Europea estarán decididos a renunciar a ciertas señas de identidad a cambio de prosperidad. De hecho, el propio Obama aludió en su discurso, ese día, a la posibilidad de creación de millones de empleos gracias a dicho tratado, un caramelo difícil de rechazar para la UE, en plena crisis económica y teniendo en cuenta su número histórico de desempleados. Podría ser que nunca hayan estado tan claros los mensajes en busca de un fin.

 

 

 

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