Huertos urbanos para humanizar las ciudades

En acción

Los núcleos urbanos, debido a una mejor dotación de servicios, una mayor oferta laboral y a su papel como motores culturales, educativos y tecnológicos, concentran más de la mitad de la población mundial. Pero las actuales ciudades, masificadas, contaminadas y ruidosas, cada vez ofrecen menos calidad de vida a sus ciudadanos. En este escenario aparecen los huertos urbanos que, con su oferta de participación ciudadana, gratuíta y de autogestión, se han convertido en una opción de educación ambiental cada vez más demandada para mejorar el entorno y el bienestar personal.

Los kleingärten austriacos, suizos y alemanes, los allotment gardens de Reino Unido, los kiskertek húngaros, los volkstum de Países Bajos, los jardin ouverts franceses, los shiminno japoneses o los community gardens en Estados Unidos, son diferentes nombres para una misma tendencia al alza: cultivar un huerto en un espacio urbano, sin tener que ser propietario del terreno, con el fin de conectar y compartir con otras personas, hacer que la ciudadanía se identifique con los espacios públicos e incluso poder alimentarse con productos ecológicos.

En España, donde los huertos urbanos ya funcionan desde hace tiempo en ciudades como Madrid o Vitoria, el objetivo se centra en compartir terreno, herramientas y conocimiento. Pero también se busca la interactuación lúdica con otros cuidadanos, hacer ejercicio al aire libre y contribuir a la capacidad de mejorar el mundo. ¿Cómo? Por ejemplo, empezando por cambiar el aspecto del solar de enfrente, en desuso desde hace tiempo y habitualmente sucio. Por supuesto, no se trata de ocupar ilegalmente un espacio, pero sí de intentar llegar a un acuerdo con las autoridades municipales y las asociaciones de vecinos para convertir una zona degradada e inutilizada, en un espacio verde y fértil a disposición de los ciudadanos.

A veces, esto ni siquiera hace falta, porque los propios ayuntamientos ponen al servicio de los residentes espacios para ello, como ocurre en Madrid con los huertos La cabaña de El Retiro (en la imagen), el de la plaza de la Cebada o el Siglo XXI de Moratalaz. Participar en esta actividad requiere apuntarse en una lista previa y esperar turno, debido a la alta demanda.

En otros países, comos señala Nerea Morán Alonso en su estudio “Huertos urbanos en tres ciudades europeas: Londres, Berlín, Madrid”, la demanda es mayor aún. De hecho, el 40% de los habitantes del área metropolitana de Toronto y el 44% de los de Vancouver producen comida en sus huertos. En Nueva York ya hay 750 jardines comunitarios destinados al autoconsumo y en Zurich (Suiza) las ordenanzas municipales incluso permiten el cultivo de los espacios verdes.

En su inicio, en el siglo XIX, los huertos urbanos sirvieron para aliviar las condiciones de pobreza de los barrios obreros causadas por la industrialización y las migraciones del campo a la ciudad. Así, por ejmplo, surgieron los Urban Gardens en Estados Unidos. Las dos guerras mundiales del siglo XX obligaron también a los gobiernos a fomentar el autoabastecimiento de las ciudades con la cría de animales y el cultivo de frutas y verduras. Pero tras las II Guerra Mundial el modelo cambia y comienza el tranporte a larga distancia de los alimentos, que se incrementa hasta nuestros días. Es en los años 70, con la crisis de la energía y la recesión económica, cuando los jardines y huertos urbanos vuelven a ser una alternativa.

Aunque es cierto que estas iniciativas aumentan en los momentos de necesidad económica, éstas también responden a una apuesta de los ciudadanos por los valores sostenibles para sus ciudades, el reforzamiento de las capacidades de autogestión, la integración social y la educación ambiental. Asímismo, se reclama el consumo de alimentos sanos, de calidad y cultivados localmente.

El desafío actual, más allá de las demandas de los ciudadanos, es intentar conseguir que las autoridades, asociaciones vecinales y profesionales implicados en el desarrollo urbano consigan integrar estos proyectos. Se podría así dotar de una dimension humana y ecológica a los futuros procesos de rehabilitación de las ciudades. También sería una estupenda manera de tener las azoteas verdes, los jardines cuidados, los huertos fértiles y las terrazas cultivadas. El resultado de todo ello serían ciudadanos más sanos y felices. ¿Merece la pena la apuesta?

El enigma republicano chino

foto chinaNo es porque lo diga el escritor Jonathan Franzen (Más afuera, “El frailecillo chino”) pero el fragmento “China, en general, en su precipitada búsqueda de dinero, con fabulosos millonarios, una inmensa clase baja y una red de seguridad social desmantelada, con un gobierno central obsesionado por la seguridad y ducho en explotar el nacionalismo para acallar a sus detractores, con la regulación económica y medioambiental en manos de consorcios incestuosos formados por empresas y administraciones locales, ya venía antojándoseme el sitio más afín al partido Republicano donde había puesto los pies” encierra unas cuantas claves acerca de la potencia económica del momento.

Lo cierto es que es difícil no maravillarse ante el avance  del país asiático: segunda potencia económica mundial, centro de la geoestrategia internacional actual, punto de mira de las empresas internacionales, invasión mundial de sus productos en los últimos 30 años,…probablemente estemos ante el crecimiento económico y financiero más rápido y espectacular de un país, nunca antes visto por la humanidad

Necesidad de dinero y materias primas

Para llegar a esta situación, cuidadosamente planificada por los dirigentes chinos a lo largo de décadas, Pekín ha desarrollado un sistema productivo ávido de recursos energéticos y necesitado de materias primas, por lo que el desembarco de sus dirigentes en los países en vías de desarrollo no se hizo esperar. No es sólo que entre 1980 y 2005 el comercio bilateral entre China y África se haya multiplicado por cincuenta, sino que los últimos viajes del presidente chino Xi Jinping al continente negro se han centrado tanto en reforzar los lazos geoestratégicos de la zona como en edulcorar hasta extremos empalagosos las declaraciones realizadas por sus dirigentes en las cumbres chino-africanas. El mismo Xi Jinping se ha aventurado a criticar el colonialismo blanco en África aludiendo a que “todos los países deberían respetar la dignidad y la independencia de África”, durante su visita a Tanzania el pasado mes de marzo.

La invasión china del continente negro, aunque cuenta con cierta desconfianza del ciudadano de a pie (por la proliferación del pequeño comercio chino que compite con sus formas básicas de subsistencia), está muy bien vista por los dirigentes africanos, quienes prefieren las infraestructuras tangibles realizadas por el gobierno chino a las promesas de democracia de los países occidentales. Como resúmen las claras palabras de Serge Mombouli, Consejero de la Presidencia de  Congo-Brazzaville, “Los chinos nos ofrecen cosas concretas y Occidente valores intangibles. Pero, ¿para qué sirve la transparencia, el gobierno, si la gente no tiene electricidad ni trabajo? La democracia no se come” .

Millonarios y clase media

Las repercusiones en la propia China de esta apertura de mercados y de la expansión tremenda de sus productos ha provocado el surgimiento de nuevos millonarios y de guías espirituales elevados a la categoría de gurús en los negocios. No obstante, la clase baja sigue ocupando un porcentaje enorme de la población que sin embargo ha sucumbido al poder de la producción y el consumo y deja dudas acerca de la evolución social de una gran parte de dicha población.

Los hijos de los dirigentes políticos cuentan con situaciones de favor nunca antes vistas (el hijo de Ling Jihua, antiguo director de la Oficina Técnica del Comité Central y mano derecha del ex presidente Hu Jintao, murió al estrellar su propio Ferrari) pero al mismo tiempo el PIB de USA, a finales de 2012, equivalía 50.800 $ por familia mientras que en China era de 9.600 $, lo que revela los términos reales de la clase media china

Según José Ignacio Tortosa, directivo de Asuntos Públicos y Corporativos en Telefónica, y estudiante becado por el gobierno chino en la Universidad de Pekín, la razón del consumismo del país asiático reside “tanto en las carencias materiales que durante 40 años ha sufrido la sociedad como en el empeño del estado en hacer del país la fábrica del mundo. El objetivo, claramente conseguido, ha sido cubrir la demanda internacional a precios bajos para enriquecer al pueblo chino y potenciar de paso el consumo interno. Ciertamente es una incógnita saber si este sistema se puede mantener mucho tiempo pero ya sólo el progreso alcanzado –económico, de formación y cultural- es motivo de admiración”.

Secretismo y escenificación en la toma de decisiones.

El devernir de la sociedad china queda más incierto por la propia opacidad de la política del país asiático, que siempre se ha movido en un secretismo absoluto. El nombre de los miembros del Comité Permanente, destinados a dirigir el país, siempre es uno de los secretos mejor guardados y los movimientos del Partido Comunista de China (PCCh), a pesar de estar pensados para transmitir unidad ante la opinión pública, son refugio de luchas intestinas. El sistema de dirección colegiada del país se sustenta sobre delicados equilibrios de poder que son planificados durante los años que preceden al congreso del partido. Su fin: acomodar a las distintas facciones para conseguir mantener el gobierno único del PCCH.

Aunque una representación de la sociedad china (personalidades de la cultura, la ciencia o el deporte) participa en las Conferencias Consultivas Políticas del Pueblo Chino (CCPPCh), el control de la misma lo ejecutan miembros del PCCh por lo que las propuestas de legislación (que posteriormente pasan al órgano legislativo) no cuentan con garantía de ser aprobadas.

Los debates de la última CCPPCh, que tuvo lugar el pasado mes de marzo, incluían la reforma de la urbanización, el reequilibrio del modelo económico chino, la protección del medioambiente y la corrupción, pero una parte importante de la escenificación del acto se centró en transmitir austeridad. La duración del plenario fue de nueve días en lugar de diez, como era habitual, los coches de policía no escoltaron a los delegados en su llegada a la capital china y se suprimieron las ceremonias de bienvenida en los aeropuertos.

Ya Mao, en su Libro Rojo, escribió que “el Este debe utilizar las armas de Occidente para derrotar al Oeste” señalando de dónde venía el peligro para su país y cómo había que vencerlo. Algo que no se diferencia mucho de las declaraciones del republicano Romney, durante la última campaña electoral USA, al señalar que “si hay comercio libre con otras naciones, se crean empleos. Pero si esas naciones hacen trampas, se suprimen puestos de trabajo. China hace trampas. Y yo no permitiré que eso continúe”.  El mismo miedo y las mismas armas. Va a ser que Franzen tenía razón.

Consumo sostenible, segunda parte

En la línea del anterior post (Tres patas para un banco: desarrollo sostenible, consumo y crisis) merece la pena recordar que, durante los últimos 50 años, las clases altas y medias de la población mundial han duplicado sus niveles de consumo. Y todo ello, evidentemente, con graves consecuencias para los ecosistemas del planeta y sus habitantes. De hecho, en menos de una generación la población mundial ha crecido de 2.000 a 9.000 millones de personas. De éstos, los habitantes de los países ricos utilizan dieciséis toneladas de recursos naturales al año, los ciudadanos de la India, cuatro (per cápita) y está previsto que en 2050, si sigue la proporción, la humanidad consuma 140.000 toneladas anuales de minerales, combustibles fósiles y biomasa, según revela un informe del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).

Con datos así no es de extrañar que sean una auténtica necesidad el priorizar sólo las necesidades básicas y perseguir una prosperidad que no niegue a los demás, en un futuro, la posibilidad de disfrutar las mismas cosas que nosotros. Como señala el libro “La situación del mundo 2012: Hacia una prosperidad sostenible”, debemos actuar rápidamente para redefinir nuestros hábitos de consumo y no sólo para prevenir una mayor degradación de los esosistemas existentes, sino para intentar recuperar los ya dañados.

¿Cómo conseguirlo? El PNUMA ya propuso congelar el consumo per cápita en los países ricos y fomentar el consumo sostenible en los que están en desarrollo pero la verdad es que, a pesar de las normas, sólo los consumidores (o sea, cada uno de nosotros) tienen o tenemos la capacidad de decidir qué comprar y cómo. Partiendo de esta premisa de compromiso personal, ahí van unas cuantas propuestas que pueden ayudar a que entre particulares, empresas privadas, organismos oficiales y gobiernos, los patrones de producción y consumo varíen su rumbo:

1.-Educar a los jóvenes, tanto en los colegios como en el ámbito familiar, en la importancia de lo esencial. De lo que de verdad necesitan. Veinte regalos por Navidad o su cupleaños no harán que sean niños más felices.

2.-Exigir a las empresas que sean transparentes con el impacto social y medioambiental de sus productos. Y a los gobiernos para que, tanto con leyes como con organismos de supervisión, obliguen a su cumplimiento. Es importante que las etiquetas incluyan esta información para que el cliente tenga conocimiento de dicho impacto antes de decidir comprar.

3.- Estudiar revisiones de tarifas de ciertos bienes como el agua o la electricidad cuyo consumo descuidamos. Aunque podamos pagarlos y tengamos un acceso fácil a ello, no siempre somos conscientes de las consecuencias de un consumo abusivo (emisiones de carbono, déficits tarifarios por parte del Estado -que pagamos todos-,…). Que pague más el que más consuma, y con tarifas más altas de las existentes. Tanto particulares como empresas.

4.-Demandar políticas públicas que persigan la obligación del ciclo de vida de los productos. Gobiernos (nacional y europeo) y empresas comprometidos en la fabricación de productos sin obsolescencia programada. Antes las lavadoras duraban 15 años. ¿Por qué no exigir que ahora también sea así?

5.-Fomentar la cultura del “reutilizar”, “arreglar” y “reciclar” los productos. Lo que se rompe no siempre es inservible. Se puede arreglar, regalar, prestar,…hay mil usos antes de “tirar y comprar de nuevo.”

6.-Demandar un desarrollo urbano sostenible. El tan recurrido “chalé adosado”, importado del modo de vida americano de los años 50 ha supuesto un incremento considerable de coches, de consumo energético (a más metros, más gasto) y de aumento de los índices de contaminación, entre otras cosas. La tendencia en numerosas ciudades del mundo es, desde hace ya unos años, revertir este modelo pero aunque empieza a ser una prioridad en las agendas políticas de varios países, en España no es así.

7.-Adoptar compromisos personales de ahorro de energía (aislamiento de viviendas, instalación de termostatos para controlar el gasto, paneles solares,…). La Unión Europea ha calculado un ahorro de hasta mil euros de media por familia, al año, si se adoptan algunas de estas medidas.

8.-Uso de transportes alternativos. Desmitificar la dependencia del coche. Ya hay 800 millones de vehículos en el mundo que, en el caso de los países en desarrollo, generan el 80% de los contaminantes atmosféricos. El hecho habitual de dos coches por familia da una media de dos personas por coche (casi ninguna familia tiene hoy en día más de dos hijos).  El tranporte público, la bicicleta o ir andando, a veces es posible.

9.-Demandar a los medios de comunicación y las agencias de publicidad más responsabilidad ante la transmisión de ciertos mensajes engañosos  tipo  “el consumo genera prosperidad”. El bienestar, hasta hace poco, ha estado ligado a otros conceptos como disponer de buena  salud o tener unas condiciones  dignas de vida.

El décimo punto queda a la elección del lector. Quizá podría ser “ponerse una fecha de inicio para empezar a actuar”…

Israel y los inmigrantes africanos, entre el cielo y el infierno

“… Mirad cuán bueno y cuán placentero es para los hermanos vivir juntos y unidos”. (Salmos, 133:1). Así comienza la página web de la Embajada de Israel en España, en la sección del Ministerio de Asuntos Exteriores, donde se define a su población como “muy variada, con transfondos étnicos, comunitarios, religiosos, culturales y sociales  muy diversos”.

No se sabe si esta diversidad y transfondo étnico incluye a los más de 60.000 inmigrantes africanos (eritreos y sudaneses en su mayoría) que han atravesado las fronteras de Israel en los últimos años y que desde hace algún tiempo viven acosados por una parte de la sociedad y los políticos. El propio parlamentario del Likud Danny Danon –miembro del comité  para Asuntos de Inmigración, Absorción y Diáspora- ha tildado recientemente a este colectivo de “plaga nacional” y ha propugnado su expulsión.

Será el próximo 3 de junio cuando el Gobierno se pronuncie sobre una solución definitiva pero ya el Ministro de Interior, Eli Yishai, del partido ultraortodoxo Shas, ha declarado que Israel está dispuesto a financiar los viajes y las ayudas necesarias si eso consigue que los inmigrantes africanos abandonen Israel.

Es cierto que la llegada de inmigrantes a cualquier país provoca recelos pero las escenas que se están viviendo en los últimos días al sur de Tel Aviv, con manifestaciones violentas, lemas agresivos y consignas extremas, hacen pensar que algo debería cambiar. Empezando por una política de asilo que defina la protección temporal y las condiciones bajo las que tal protección podría revocarse.

Por el momento, la legislación existente  condena a estos inmigrantes a permanecer en un limbo legal que les permite no ser deportados a su país de origen -Israel es firmante de la Convencion sobre el estatuto de los refugiados (1951)-, pero tampoco les reconoce como refugiados ni les concede ningún derecho o visado de trabajo.

 Aliyá, según Wikipedia, es el término utilizado para llamar a la inmigración judía a la Tierra de Israel. Es un concepto central en la cultura y la religion judía y constituye la base fundamental del sionismo.  Curiosamente, este término incluye tanto a la migración voluntaria por razones ideológicas, emocionales o prácticas como la de las poblaciones de judíos perseguidos. Por ello, Israel es reconocido como un pais de inmigrantes y de refugiados.

 Los inmigrantes africanos que allí han llegado desde 2006, cruzando la peninsula del Sinaí, no son judíos pero han salido buscando la paz, el asilo y el trabajo que en su país no tienen. Al igual que tantos millones de judíos lo hicieron a lo largo de su existencia.

Y al igual también que en la diáspora judía, el camino de los emigrantes africanos hasta Israel ha estado lleno de tragedias, sufrimiento y desesperación. Desde casos de graves abusos y torturas por parte de los traficantes beduinos a las cuantiosas deudas contraídas antes de salir para pagar el trayecto.

 Israel se encuentra ante una difícil situación que, como declaró el propio Danon, no se solucionará “con la implementación de agentes de la Guardia de Fronteras”.

¿Quién teme al lobo feroz (también llamado Impuesto a las Transacciones Financieras)?

La tasa Tobin o ITF (Impuesto a las Transacciones Financieras) es una propuesta para gravar el flujo de capitales en el mundo. Surgió a iniciativa del economista John Maynard Keynes, fue desarrollada por el Premio Nobel de Economía James Tobin, en 1971, y reivindicada por diferentes personalidades, en especial por el periodista Ignacio Ramonet, que creó el movimiento ATTAC (Asociaciación por la Tasación de las Transacciones y por la Ayuda de los ciudadanos) con ese objetivo, en 1997.

Esta tasa, según sus defensores, devendría en un instrumento de control de la actividad especulativa y aportaría estabilidad para evitar futuras crisis económicas. Pero además, contribuiría a salvar millones de vidas si un porcentaje de dicho impuesto se destinara a las necesidades de salud en el mundo, según el informe “5vidas” publicado por la organización no gubernamental , también premiada con el Premio Nobel, Médicos sin Fronteras.

Pero no solo las ONG defienden su aplicación. Nicolás Sarkozy, recientemente, declaró que “es necesario que las finanzas participen en la reparación de los daños que han provocado, poniendo en marcha este impuesto” y diversos politicos, como Angela Merkel o Mariano Rajoy se han sumado a la iniciativa, junto a otros cinco países de la Unión Europea y otros no comunitarios. Sin embargo, a pesar de esta corriente de opinión favorable, hay numerosas voces que alertan de que la “Tasa Tobin” no es la solución.

Los argumentos en contra son varios:

1.-Esta medida sólo tendría efectos positivos si fuese una medida global, es decir, adoptada por todos los países del mundo, ya que si sólo fuera adoptada por los países de la Eurozona, los bancos trasladaría sus sedes sociales a otros sitios más rentables, como Londres o Nueva York. 

Sin embargo, ya hay varios y prósperos países  (Brasil, Corea del Sur, India,…) que aplican los ITF. De hecho, como señalaban en el periódico El País recientemente los expertos en temas financieros Stephan Griffith-Jones y Avinarh Persand, el Reino Unido ha gravado unilateralmente, sin esperar a que otros le siguieran, sus transacciones de valores con un Impuesto sobre la Transmisión de Valores No Documentada del 0’50%, lo que ha reportado a sus arcas varios miles de millones.

2.-Los bancos repercutirían el importe del nuevo impuesto a sus clientes, por lo que sería el ciudadano quien lo financiaría.

Lo cierto es que esta tasa se diseñó para ser baja (entre el 0’05% y el 0’2%) y se está hablando de penalizar sólo las operaciones puramente especulativas, que están basadas en movimientos de alto riesgo y volatibilidad. Dichas actividades están identificadas y su gravamen no tendría así porqué recaer en el ciudadano. Además, el seguimiento de dichas actividades potenciaría la eficacia de los reguladores y supervisores financieros, lo cual también rebajaría la posibilidad de nuevas crisis económicas .

3.-Esta tasa puede ser sorteada tanto por los bancos como por las empresas multinacionales que no estén de acuerdo con ella, gracias a prácticas financieras sofisticadas e ingeniosas.

Efectivamente es una tasa que, si no estuviera supervisada y regulada convenientemente, estaría sujeta a cierto descontrol (el mismo descontrol que ha propiciado la crisis económica que vivimos). Pero son dichas prácticas inadecuadas y esa falta de control las que precisamente se intentan erradicar con la aplicación de los IFT: acabar con los parísos fiscales, el fraude fiscal y la economía sumergida. Serían de hecho las primeras y más importantes medidas a adoptar en la búsqueda de la reestructuración del sistema financiero.

La propia Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) destacó que la tasa Tobin permitiría recaudar 720.000 millones de dólares anuales y el PNUD afirma que con el 10% de dicha suma sería posible proporcionar atención sanitaria, suprimir las formas más graves de malnutrición y proporcionar agua potable a todo el mundo. Por todo ello, y teniendo en cuenta la mala situación económica internacional, resulta curioso que no se apueste por una medida que, ya en 1997, se definió en la publicación Le Monde Diplomatique como  una “minima exigencia democrática”  y un “impuesto solidario” que, siendo módico, “permitiría erradicar la pobreza extrema antes de comienzo de siglo”.  Desgraciadamente, este artículo se refería al siglo XX.

 

El agua como factor de desarrollo

Más de 20.000 expertos (entre líderes políticos, profesionales del agua, científicos y ONG) y delegaciones de 140 países están reunidos en Marsella estos días, con motivo del VI Foro Mundial del Agua, el mayor acontecimiento mundial que se celebra sobre este recurso, cada tres años. Y es que “el derecho al agua potable y el saneamiento es un derecho humano esencial para el pleno disfrute de la vida y de todos los derechos humanos”. Así consta desde 2010, según la resolución 64/292 de la Asamblea General de Naciones Unidas.

Por el momento, y bajo el lema de este año “El tiempo de las soluciones”, se ha constatado que la población se ha triplicado en los últimos cien años mientras que el consumo del agua se ha multiplicado por seis. Aún así, se ha conseguido uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (OMD): reducir a la mitad la proporción de personas sin acceso al agua potable mucho antes de la fecha límite de 2015. Además, se estima que, en 2015, el 92% de la población mundial tendrá total acceso al agua potable.

¿Dónde están los problemas entonces? Pues que a día de hoy muchas epidemias y crisis sanitarias son consecuencia de una situación que dista de ser óptima: una parte importante de la población que tiene acceso al agua recibe sin embargo servicios deficientes y poco sostenibles; el 11% de la población mundial carece todavía de acceso a agua potable (unos 1.000 millones de personas beben de fuentes no protegidas) y los avances en saneamiento van muy lentos (1.100 millones de personas defecan al aire libre, lo que conlleva un alto riesgo para la transmisión de enfermedades).

Sin menospreciar estos datos, hay que destacar otro problema: la gestión del agua en condiciones de incertidumbre y riesgo es fundamental para abordar crisis globales posteriores, como las consecuencias que tuvo la sequía de 2006 en Rusia. Este fenómeno dio lugar a la suspensión de las exportaciones de trigo a nivel mundial, la duplicación de su precio y la carencia del consumo de una materia prima fundamental entre muchos países del Tercer Mundo. De hecho, este fue considerado como uno de los elementos desencadenantes de las revueltas en los países árabes.

El Foro de Marsella tiene la oportunidad de recordar que, como destaca la ONU en su cuarto informe sobre el desarrollo de los recursos hídricos en el mundo, el agua tiene una papel central en todos los aspectos del desarrollo económico y el bienestar social, y que su mala gestión aumenta al ritmo que se suceden las crisis.

¿Qué fue de Julian Assange?

¿Es un pájaro? ¿Es un avión? ¡No, es Superman! Eso pareció, por un tiempo, que era el creador de WikiLeaks. Protagonista mediático, mesías de la libertad de información, cabeza de turco de los hackers y por ello acosado por la justicia, representante del contrapoder…

Muchas han sido las definiciones sobre Assange desde que iniciara su actividad en 2007, al frente de WikiLeaks, “una organización mediática internacional y sin ánimo de lucro que”, según Wikipedia, “publica a través de sus sitios web informes anónimos y documentos filtrados con sentido sensible en material interés público, preservando el anonimato de sus fuentes”.

La realidad es que, a día de hoy, Assange ha tenido sus más y sus menos con los responsables de los medios de comunicación por él mismo elegidos para difundir sus informes clasificados, entre otras cosas por no preservar el anonimato de dichas fuentes. De hecho, aún no está claro qué ocurrirá con algunos de los informadores mencionados por Assange que están a la espera de ser procesados.

Tampoco puede decirse que el mundo se haya transformado tras la aparición de Wikileaks ni que sea más transparente. La tan proclamada “transparencia digital” de Assange ha dado lugar a una restricción aún mayor del material ya clasificado por los estados y a unas medidas más cautelares en los ámbitos diplomáticos.

Pero es que, siguiendo con la definición de Wikipedia por la que “Wikileaks se ofrece a recibir informaciones que desvelen comportamientos no éticos por parte de gobiernos, con énfasis en los países que consideran tienen regímenes totalitarios”, queda en entredicho la propia ética de un personaje que, entre otras muchas cosas,  ha sido acusado cuanto menos de totalitario en sus relaciones con sus trabajadores y colaboradores.

Por último, y sin menospreciar tanto la visión de Assange con respecto al uso de internet para la difusión de los contenidos clasificados como su valor para enfrentarse a los poderes establecidos, no cabe menos que desmitificar su labor al frente del periodismo, que no ha consistido más que una edición 2.0 del periodismo de investigación de toda la vida y sus correspondientes gargantas profundas, que por cierto, siempre han existido.