¿Debe Europa entrar en guerra por Malí?

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Malí carece de petróleo, tiene unas condiciones de vida extremas y es uno de los países más pobres de la tierra. ¿Por qué entonces un país europeo como Francia se arriesga a intervenir en ese territorio con un conflicto militar, pidiendo la implicación del resto de las potencias occidentales y en plena crisis económica?

Pues porque las razones son poderosas y hasta comprensibles. Estas se centran básicamente en combatir el narcotráfico, que desde mediados de los 90 se ha establecido en el África Occidental para facilitar el traslado de droga desde Latinoamérica a Europa; parar el integrismo islamista, que a través del AQMI –Al Qaeda en el Magreb Islámico– se ha afincado en el Sahel con el fin de desestabilizar la zona; y acabar con los secuestros de extranjeros, que gracias al cobro de grandes rescates se han convertido en la principal fuente de recursos de la población nómada tuareg.

Pero todas estas razones se resumen en una sola: la amenaza directa que todo ello supone para Occidente. Las mafias –tanto de contrabando de personas, drogas y armas, como las que apoyan el integrismo- se han instalado en un desierto de cuatro millones de kilometros cuadrados (el Sahel), del que forma parte Malí, y contra las que el ejército francés, solo, no puede.

Francia se ha embarcado en una intervención complicada y, a priori, larga. Es cierto que, como potencial excolonial, defiende allí sus propios intereses y los de 6.000 franceses que viven en la zona pero la amenza afecta a todos los occidentales y, especialmente a los europeos, que por cercanía geográfica y otras razones de peso (el AQMI ha señalado la recuperación de Al Andalus como uno de sus principales propósitos) se han convertido en objetivos directos de dichas amenazas.

François Hollande, el Presidente de la República francesa, decidió intervenir tras la petición del gobierno de Malí, y siempre tras mantener largas negociaciones y esperar una resolución de la ONU que autoriza también a las fuerzas de la CEDEAO (Comunidad Económica de Estados de África Occidental) a proteger la integridad territorial del país. Pero si Francia se ve sola en un conflicto de este tipo, puede que otros países europeos acaben siendo víctimas del mismo. Algunas voces destacan la necesidad de que sean los propios africanos quienes solucionen el problema centrándose en la reconstrucción democrática del estado maliense, la ayuda humanitaria y la implicación de la comunidad internacional en dicha ayuda, pero esperar que terceros afronten un conflicto de este tipo, puede tener consecuencias imprevisibles.

Europa federal antes de…¿Cincuenta años?

“Pienso que entre los pueblos que están geográficamente agrupados como los pueblos de Europa, debe existir una suerte de vínculo federal; estos pueblos deben en todo momento tener la posibilidad de entrar en contacto, de discutir sus intereses, de adoptar resoluciones comunes, de establecer entre ellos un lazo de solidaridad, que les permita, en los momentos que estimen oportunos, hacer frente a las circunstancias graves, si es que estas surgen. (…) Evidentemente, la asociación tendrá efecto sobre todo en el dominio económico: esa es la cuestión que más presiona…”

Aristide Briand, primer ministro francés, daba este discurso en septiembre de 1929 ante la Sociedad de Naciones abogando ya por un  movimiento federalista europeo que implicara a los políticos en el proyecto. Hasta ese momento, una iniciativa que sólo era respaldada por el mundo de la cultura, empezaba a tomar forma entre personalidades de los gobiernos alemán y francés, así como entre economistas ingleses como Keynes.

El germen de los Estados Unidos de Europa estaba sembrado y, aunque la llegada de la crisis del 29 y la consiguiente Gran Depresión aparcaron el sueño federalista, el periodo de Entreguerras acerca el debate a las élites y, a lo largo del tiempo, al pueblo.

De hecho, El Tratado de París (1951) y la firma de otros tratados como el de Roma, Acta Única Europea, Maastrich o Lisboa, han contribuido a la creación de lo que en la actualidad es la Unión Europea, con su moneda y mercado único y la libre circulación de personas y mercancías, todos ellos pasos necesarios para la consolidación del proyecto federalista.

La hoja de ruta comenzada en 1929 ha continuado recientemente con la propuesta del presidente de la Comisión Europea, Manuel Durao Barroso, de convertir la UE en una federación de estados nación para competir en un mundo globalizado con potencias como Brasil, China o Estados Unidos. Para ello demanda una mayor cesión de soberanía que permita coordinar mejor las políticas económicas.

Barroso también señaló que la siguiente parada de dicha hoja de ruta, ya presentada, sería la unión bancaria, con el Banco Central Europeo (BCE) como supervisor único. Se continuará con una mayor supervisión de los presupuestos nacionales y un avance en la emisión de eurobonos. Y antes de las elecciones al Parlamento Europeo de junio de 2014, se presentarán iniciativas para la futura unión federal de estados nación, que necesitará un cambio de tratados y una cumbre europea para su aprobación.

¿El objetivo? Crear un supergobierno de la UE, con una Europa de corte más federal, con un presupuesto y una política económica común, mecanismos de solidaridad, union bancaria y, sobre todo y más difícil todavía, una política exterior común.

¿Los plazos? Ahí empieza el problema porque una federación necesita tiempo. El ejemplo de Suiza así lo demuestra, habiendo tenido sus cantones que vivir primero un proceso de confederación, antes de dar el paso a la federación de pleno derecho en 1948. Aún así hubo tensiones entre los liberales y conservadores, y los protestantes y católicos. Si a esto le sumamos que el tamaño de suiza no es comparable al de la UE, con cientos de millones de habitantes, se puede intuir que el camino no sera fácil.

Cabe en este momento preguntarse por los plazos que se habrá propuesto Artur Mas, presidente del ejecutivo catalán, en su apuesta independentista para Cataluña. Porque si las reivindicaciones nacionales catalanas, como explica el exconsejero de Economía Antoni Castells (PSC), sólo pueden tener cabida en una Europa Federal, y esta se plantea a medio plazo, ¿qué sentido tiene la convocatoria de un referendum para el próximo mes de noviembre?

La reforma del federalismo español pasa por la reforma del federalismo Europeo, señala Cohn-Bendit, líder de los verdes en el Parlamento alemán quien afirma también que esta Europa “postancional” llegará, y lo hará antes antes de 50 años. Pero, como también señala el expresidente de gobierno español Felipe González, si se alimentan estas situaciones es porque hay líderes políticos que no quieren ser “responsables de la parte que les corresponde de la crisis”.

Sarkozy, Europa y la ultraderecha

¿Qué tienen en común el Partido por la Libertad de los Países Bajos, el partido JOBBIK de Hungría, el Frente Nacional francés, los Verdaderos Finlandeses en Finlandia o Amanecer Dorado en Grecia? Pues que son partidos politicos de extrema derecha. Y muy nacionalistas, xenófobos, racistas y antieuropeos. Pero además, todos ellos están en auge en sus respectivos países hasta el punto de que, en algunos casos, han conseguido la mayor representación parlamentaria de su historia –como la formación francesa-, o han forzado la caída de su gobierno –en Holanda-.

¿Y cómo hemos llegado hasta aquí? Pues algunas causas podrían ser el descontento generado por la crisis económica, la decepción por la falta de reacción de los politicos europeos e incluso la humillación sufrida por algunos de los países intervenidos. Pero también ha contribuido el rédito politico que algunos líderes, como Sarkozy, han querido sacar a la situación, con sus críticas al funcionamiento de Schengen, a la política comercial de la UE y al estatuto del Banco Central Europeo.

Todo ello, sin mencionar la ruptura del pacto republicano contra el Frente Nacional, por parte del partido conservador del propio Sarkozy, en perjuicio de los socialistas, y que propició la libertad de voto para apoyar a la ultraderecha en las últimas elecciones francesas.

El resultado ha sido un fenómeno que desde hace tiempo se extiende también por otros países europeos como Austria –con la Alianza por el Futuro de Austria-, Suecia –Demócratas de Suecia-, Suiza –Partido Popular suizo-, Noruega –Partido del Progreso-, Bélgica –Vlaams Belang- y Dinamarca –Partido Popular Danés-, entre otros.

El marcado carácter antieuropeísta de estas formaciones ha despertado preocupación al respecto ya que todas ellas son “fundamentalmente contrarias a los ideales de la construcción europea”, según señaló Olivier Bailly, uno de los portavoces del ejecutivo comunitario y muestran un “sentimiento contrario a las sociedades abiertas” añadió el Ministro Sueco de Asuntos Exteriores, Carl Bildt.

El bloqueo de las fronteras frente a la inmigración, el rechazo al euro y una defensa férrea de los nacionalismos son reivindicaciones comunes de estos partidos. Algo que no se esconde pero sí se maquilla en  frases como las que Marine Le Pen expresó tras conocer que había sido la tercera fuerza política más votada en la primera vuelta de las últimas elecciones francesas: “Este es el comienzo de una agrupación de patriotas y de defensores de su identidad”-. Y es que, aunque tras la segunda vuelta de las elecciones el Frente Nacional obtuvo sólo dos escaños (menos de lo que se esperaba), la extrema derecha consiguió volver a la Asamblea Nacional, algo que no ocurría desde 1988.

La Unión Europea tiene solución (y si no, deberíamos buscarla)

La crisis de la zona euro, que afecta a los 16 estados miembros que han adoptado el euro como moneda única y componen entre sí una unión monetaria plurinacional en el seno de la Unión Europea, sufre una situación sin precedentes. Falta de confianza de los mercados, ataques especulativos sobre los bonos públicos de algunos de sus miembros, turbulencias en sus mercados financieros y bursátiles, y la caída del valor cambiario de su moneda son algunos de los problemas que hacen que el proyecto de la Unión Europea se tambalee.

La interconexión del sistema financiero actual provoca que, si un país entra en default de su deuda soberana o cae en recesión, ponga en peligro también parte de la deuda privada externa, lo que supone que el sistema bancario de los países prestamistas se enfrente también a pérdidas. Y en estos momentos ya son siete los páises de la Unión Europea que están oficialmente en recesión, incluyendo a Reino Unido,  que acaba de encadenar dos trimestres consecutivos en negativo, (según revelan los datos de la Oficina Nacional de Estadística –ONS-). El resto son Bélgica, Holanda, Italia, España, Grecia y Portugal.

La situación económica de la Unión Europea es tan complicada que, según J. D. Sachs (asesor de la ONU sobre los objetivos de desarrollo del milenio), su estados miembros han pasado de representar el 31% de la economía mundial, en 1980, (calculado mediante el PIB de cada uno de ellos) al 20% en 2011. Y, según las previsiones del FMI, dicho porcentaje se reducirá hasta el 17% en 2017.

Pero si bien los problemas son muchos (obsesión de Alemania por los planes de austeridad e ineficiencia de estos, pérdida del poder adquisitivo de las clases medias, alto nivel de paro, cuestionamiento del estado del bienestar, falta de capacidad de los políticos,…) los europeos deberíamos preguntarnos si merece la pena seguir buscando el interés nacional de cada estado miembro (que en parte es lo que impide la solución a los problemas) o repensar el entusiasmo por la Unión.

Los 27 países europeos que en la actualidad forman la UE deberían recordar el fin con el que ésta surgió tras la Segunda Guerra Mundial: impulsar la cooperación económica entre los países miembros para que disminuyeran las posibilidades de conflicto entre ellos. Con el tiempo, la UE se ha convertido en un enorme mercado único con una moneda común, el euro, llegando a ser una organización activa en todos los frentes politicos que ha generado paz, estabilidad y prosperidad en los últimos cincuenta años.

Tampoco deberíamos olvidar que uno de los principales objetivos de la UE es promover los derechos humanos en su territorio y fuera de él. Dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, estado de Derecho y respeto por los derechos humanos son sus referentes fundamentales, tal y como se desprende de la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE . Unos derechos que nos han amparado durante mucho tiempo.

Quizá ha llegado el momento de seguir la estela de aquellos que empiezan a sugerir soluciones como los préstamos del FMI a la UE en su conjunto, para lo que sería necesario una unión de políticas fiscales y financieras integradas, o la creación de una unión bancaria europea para evitar problemas de solvencia y eficacia, entre otras. Pero bastaría con empezar a adquirir el compromiso de defender lo que, en tiempos de bonanza, tan buen resultado nos dio.